Maratón de San Sebastián

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Para poder contar esta historia tenemos que remontarnos unos cuantos meses atrás, al mes de Agosto más concretamente, como ya es tradición desde hace casi 10 años, un fin de semana de Agosto está reservado para disfrutar del descenso de la ría de Navia, una travesía muy especial que siempre nos ayuda a juntarnos con muy buenos amigos que año tras año nos tiramos a esas frías aguas para disfrutar de los 5.000 metros del descenso. Desde hace un tiempo varios de mis amigos y yo estamos metidos es esta locura del triatlón, los tiempos, ritmos, modelos de bicicletas y hazañas varias ocupan nuestras conversaciones y después de una grandiosa barbacoa regada con unas cervezas surgió la promesa, en Noviembre corremos la maratón de San Sebastián.

Después de un duro verano dedicado al triatlón, intentando participar en el mayor número de pruebas posible, a finales de septiembre comienza un entrenamiento un poco más especifico para la dura prueba a la que nos vamos a enfrentar. Muchos kilómetros de entrenamiento, días duros, días regulares y días buenos, agujetas, dolores y toda clase de problemas que se van solucionando poco a poco mientras se acerca el día de la carrera.

La semana de la carrera se presenta dura, mucho trabajo y pocas horas de entrenamiento, un viaje bastante largo hasta San Sebastián y por fin la llegada al hotel, puesta en común de sensaciones con los compañeros que nos acompañarán en la dura batalla y a descansar, que el día siguiente será duro.

Por la mañana nos levantamos temprano, desayuno y bebidas isotónicas, los nervios empiezan a estar a flor de piel y las sensaciones se acumulan, nos vestimos con la ropa de faena y nos dirigimos al cajón de salida, estar por debajo de 3:30 es el objetivo asique nos colocamos en la primeras filas del cajón. A las 9:00 suena el pistoletazo de salida, nos ponemos en marcha, nos quedan por delante 42 km de carrera.

La carrera se desarrolla con normalidad, primeros kms con muy buenas sensaciones, ritmo alto, más de lo debido pero los km pasan y las piernas responden, km 5, km 10, bebiendo en todos los avituallamientos y continuamos con el ritmo alto, por fin vemos el estadio de Anoeta por primera vez, llevamos 21 km, el ritmo continua siendo alto pero como las piernas responden seguimos. Empiezan a cambiar las sensaciones km 25, me toca aflojar un poco y pierdo el contacto con los compañeros, empiezan los km más duros, el ritmo es más lento cada km y comienzo a sentir molestias tanto en el estomago como en las piernas, aflojo un poco más, me siento deshidratado y con muchos problemas, la cabeza no responde y las piernas fallan, tengo que parar en los avituallamientos para poder beber y recuperar un poco. Los km siguen pasando, por la cabeza se cruzan los pensamientos, los malos, son horribles, los buenos te recuerdan por qué corres, por los amigos, los compañeros, la gente que siempre te apoya y gracias a esos pensamientos consigo continuar corriendo, se acercan ya los últimos dos km, la gente está volcada, te animan y corean tu nombre, te llevan en volandas hacia el estadio, últimos metros y se acabo cruzas el arco de meta con una enorme satisfacción.

Todo se ha terminado, miro el tiempo con una mezcla de satisfacción y decepción, 3:36, no he conseguido el objetivo marcado de bajar de 3:30 pero he rebajado mi marca en más de 20 minutos así que, qué diablos, más que satisfecho!! Un abrazo fuerte con los compañeros de batalla y a la ducha, la carrera ha terminado. Las piernas duelen y nuestro caminar es ridículo, no nos importa, estamos contentos, comentamos la carrera y nos despedimos, el año que viene nos volveremos a encontrar en el descenso de la ría de Navia y quién sabe si volveremos a embarcarnos en esta dura batalla.

Yo sin ninguna duda volveré a correr una maratón, no puedo decir cuándo será pero sin duda volveré a hacerlo ya que la satisfacción de conseguir el reto marcado supera con creces la dureza del entrenamiento y el sufrimiento de la carrera.

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